6.16.2012
Dificultades cotidianas.
Las palabras se me escapan últimamente más de lo normal. Estoy teniendo una conversación sin importancia con cualquier persona y de un momento a otro mi lengua tropieza y no es capaz de dejar salir la siguiente palabra que debería continuar. Trato de que la persona no se dé cuenta y desvío la conversación. Pero el hecho de que otra palabra logró escaparse queda grabado en la parte de atrás de mi mente, y me preocupa constantemente. ¿Qué voy a hacer si sigue pasando? ¿Va a llegar un punto en que no va a ser solo una, sino unas cuantas decenas y mis ideas no se vayan a poder transmitir?
Justo en este momento pienso en si esto solo pasa cuando estoy hablando. Tal vez no es cuestión de mi boca, sino cuestión de mi mente. Tal vez mientras escribo también llegue el punto en que se escabullan entre mis dedos y salten hacia otras bocas, hacia otras manos. Las palabras son lo único que me queda, y hasta ellas están decidiendo irse.
Justo en este momento pienso en si esto solo pasa cuando estoy hablando. Tal vez no es cuestión de mi boca, sino cuestión de mi mente. Tal vez mientras escribo también llegue el punto en que se escabullan entre mis dedos y salten hacia otras bocas, hacia otras manos. Las palabras son lo único que me queda, y hasta ellas están decidiendo irse.
Confesiones desde Rusia.
Te fuiste a Moscú un día sin avisarme.
Llegué a casa cansada de arrastrar mi alma por las calles de la ciudad, dispuesta a olvidarlo todo por unas cuantas horas. El sonido incesante de la máquina registradora me molestaba, así que decidí escuchar el único mensaje que anunciaba el brillante número rojo. “Hola” era tu voz y esbocé una sonrisa fragmentada. “He llegado ésta madrugada a Moscú. (Madrugada de acá, son nueve horas de diferencia, por si no sabías). Te llamo de nuevo cuando me sienta con fuerza suficiente. Adiós” Fue así, tan lacónicamente, como siempre has sido tú. Me quedé paralizada con un zapato en la mano y mi cuerpo inclinado hacia adelante, como si el tiempo se hubiese detenido en medio de mi rutina y yo ya no supiera qué hacer. Pensé que era una broma. Moscú. Quién se iba hasta Moscú de un día a otro sin previo aviso. Quién me dejaría tirada por un tiempo indefinido sin más preámbulo, sin más palabras que “te llamo después”… Y claro. La inevitable y verídica verdad me golpeó. Tú. Solo tú lo harías. Con tus manías de escapar tan pronto sintieras un poco presión, tan pronto creyeras que el aire no era suficiente para compartirlo con alguien más. Y te ibas. A Moscú. Al otro lado del mundo.
Después de unos segundos relajé mi mano y el zapato cayó al suelo produciendo un ruido desabrido y simple. Me senté al borde del sofá y miré el cuadro que estaba colgado en la pared del frente. Una mujer asomada por una ventana, dentro de una casa pequeña y acogedora, al borde de un precipicio, rodeado por árboles gigantes e infinitos y aún así no se viera, podías sentir como el océano estaba presente. La cara de la mujer tenía una expresión tranquila, sin embargo dejaba ver un hálito de melancolía terriblemente grande e intangible. La caída del precipicio era vasta y oscura, y el cielo era el cielo más hermoso que alguien podría haber imaginado. Y tú lo habías pintado. Por supuesto.
Chéjov se acercó a mí sigilosamente (su nombre originalmente era Borges, pero “Ah, tú y tu obsesión compulsiva con esos flojos Argentinos. Chéjov suena mejor”. Y ahora cómo iba a hacer para ver al animal y no pensar en ti y en las horas que pasabas en el balcón y en esa vieja silla reclinable que habíamos comprado juntos un día en la tienda de segunda que menos te gustaba, mientras leías novelas rusas o japonesas y liabas tu tabaco y yo te llevaba el café amargo que habías preparado en la mañana y me sentaba a tu lado con mis novelas francesas o argentinas, y cuando fumabas un poco me pasabas el cigarro y yo arrugaba la nariz pero sin embargo lo ponía entre mis labios también y aspiraba profundamente) y se sentó a mi lado, y puso sus patas blancas con manchas negras sobre mis piernas y me miró como con lástima, como si se diera cuenta de que estaba al borde de perder la calma y yo solté un suspiro larguísimo y me tiré al suelo. Cómo iba a ser ahora. Con toda esta preocupación y todo este amor y todo este miedo de que no me quisieras tanto como yo a ti y decidieras no volver nunca más. Porque Moscú y tu amor hacia ese país, y las cosas nuevas que ibas a hacer, y las personas nuevas que ibas a conocer, y por fin hablar el idioma que tanto te habías esforzado estudiando y era todo lo que habías soñado. En cambio acá estaba yo con el alma saliéndose de mí y mi cuerpo contra el suelo crudo y frío, y Chéjov y tus pinturas y mis cuadernos y el sol de medianoche que solo nosotros dos podíamos ver y que ya no sabía si iba a volver a aparecer. Dime qué iba a hacer con mi inestabilidad y sin la tuya. Qué la iba a contrarrestar.
Me quedé dormida en esa posición y cuando desperté eran las cinco y cuarenta y tres de la mañana. “Las dos y cuarenta y tres de la tarde en Moscú”, pensé.
6.04.2012
Suscribirse a:
Comentarios (Atom)

