9.06.2012

Introduje mi mano lentamente dentro de la bolsa reticente a saber lo que habría dentro. Cada segundo que pasaba sentía tu mirada aún más clavada en mi nuca. Mi mano izquierda estaba sobre la mesa mientras que la derecha se adentraba en la carrasposa y vieja bolsa de lona que me habías entregado unos cuantos minutos antes. Me era difícil respirar y mi corazón latía absurdamente rápido. Mi cuerpo estaba tenso y tu mirada en mi nuca y el sonido fuerte y constante de las manecillas del reloj y la tenue luz que producía la vela medio consumida. Parecía una escena de una mala película de terror de los años sesenta. Me parecía escuchar la manera en que tragabas salida, lenta y dolorosamente. Estaba al borde de perder la cordura. Quería levantarme de la silla de madera y salir corriendo a través de la puerta que se encontraba a unos tres o cuatro metros de distancia. Quería gritarte y pedir una explicación de por qué me estabas haciendo esto, que no era justo, ni contigo ni conmigo. Dentro de mi pecho se estaba formando una bola gigante de sentimientos encontrados y estuve a punto de retirar mi mano y agarrar el utensilio que me habías ofrecido como método de escape. Pero respiré. Cerré los ojos e introduje rápidamente mi brazo hasta un poco más arriba de mi hombro.
Y pegué un grito ahogado.
Y soltaste una carcajada que sospecho que tenías dentro de ti hace mucho tiempo.