9.21.2011

Tenía las mejillas rojas de tanto llorar. Cómo alguien podía tener manos tan pequeñas.

El tren iba a una velocidad increíble, pero ella sentía como si estuviese flotando en medio del océano, tan liviana, tan perdida, tan asustada. Las hojas de los árboles de otoño caían rápidamente sobre el suelo que alcanzaba a percibir. Las ramas desnudas de los árboles le recordaban a su niñez. No sabía hacia donde se dirigía; tenía unos cuantos billetes en el bolsillo del cárdigan y en su maleta guardaba algunas prendas, unos zapatos, varios libros y un número telefónico el cual nunca marcaría. Un fuerte sonido la despertó de su letargo. Se giró asustada, pero su cuerpo de relajó al darse cuenta de que solo había sido el choque de un maletín contra la pared metálica del tren. Se llevó las manos a la cara frotándose los ojos y le recordó, recordó cómo le recitaba ese poema interminables veces: "Nadie, ni siquiera la lluvia, tiene manos tan pequeñas". Necesitaba irse, necesitaba escapar. Y dejar de posponer sus necesidades frente a las de los demás, y dejar de sentirse tan mal consigo misma sin tener motivos.


La estación naranja había llegado y sus sueños rotos y húmedos volvían a aparecer, esta vez para quedarse

9.15.2011

Uno rápido.
Se le hacía tarde. Prendió un cigarro y bajó las escaleras despacio, muy despacio. En su cara había una pequeña sonrisa producida por los recuerdos tan vivos de la noche anterior. Sus manos recorriendo su piel, sus uñas enterrándose en su espalda, el sudor de sus cuerpos, su cabello largo y mojado, su piel tersa y suave, sus gritos, esa manera de entregarse por completo.

Y el por favor no te quedes para el desayuno.

9.02.2011

Ayer se sentía como un buen día para morir. No entiendo por qué, pero pensé que si en ese preciso instante moría, todo iba a estar bien.