8.31.2011

IV

Solía ir al parque a sentarse junto a un árbol con un café y un libro en la mano y su bufanda beige que tanto le gustaba. El viento hacía que su cabello largo y lacio se despeinara y se enredara en su nariz, en las pestañas, en sus labios llenos de besos rotos. Era dueña de una belleza sublime. Todo su aspecto en general era increíblemente hermoso, y ella lo detestaba. Creía que tenía mucho más para dar que tan solo su apariencia, pero todas las personas que había conocido alguna vez, parecían fijarse únicamente en eso. Nunca había amado a nadie en verdad, pues nunca nadie se había interesado en adentrarse dentro de su mente, en tratar de comprenderla, en tratar de obtener algo más que su cuerpo. Su sonrisa era significativamente pequeña y casi nunca nadie la veía. Vivía sola en un pequeño piso rentado al centro de la ciudad. Vivía sola. Se sentía sola e iba a sentarse junto a un árbol con un café y un libro en la mano y su bufanda beige que tanto le gustaba.

8.25.2011

Hay tantas cosas que quiero hacer. Quiero vivir tantas vidas. Quiero ser tantas personas. Quiero estar en tantos lugares a la vez. Tengo tantas expectativas que no sé de qué manera voy a alcanzarlas todas. Pero lo haré.
A veces me encuentro con personas que no esperan nada, que se quedan en el mismo lugar sin siquiera pensar en algo que vaya más allá del fin de semana siguiente. Se quedan estancados en donde están, y se van hundiendo poco a poco, y no se mueven, no tratan de salir, se resignan y dejan que su cuerpo se siga sumergiendo en ese lodo que los va a tapar por completo y cuando quieran avanzar ya no van a poder, porque es demasiado tarde.
No podría vivir así. Tengo que estar en un movimiento continuo, tengo que hacer algo para que mis días sean un poco más coloridos, más interesantes. Tengo que estar haciendo planes constantemente, poner una nueva marca en el mapa porque necesito ir a ese lugar. Y me quedo sin espacios para rellenar. Y quiero hacer tantas cosas y el tiempo es tan corto.

8.24.2011

III

Los pinceles y las acuarelas estaban sobre la mesa blanca llena de abolladuras junto a la ventana. Un rayo de sol se colaba por ésta, de tal manera que se refractaba en el espejo junto a la cómoda e iluminaba toda la habitación. La ventana daba a la calle. Vivía en el centro de la ciudad. Podía ver los altos edificios rodeándole, las personas agitadas corriendo, el ruido del mediodía. Él estaba de pie junto a la mesa, haciendo algunos arreglos finales a su última pintura. Su atuendo estaba completamente salpicado con miles de colores, pero le hacía tener un aspecto bastante artístico. Había hecho de la mesa una pintura-abstracta-moderna sin darse cuenta. Y el suelo iba por el mismo camino. Pintar le alejaba por un momento del mundo exterior. Le hacía encontrarse consigo mismo y sacar todas las cosas que tenía por decir, por gritar, todos esos sentimientos que sólo ella había podido entender; pintar era su cosa preferida por hacer. Su apartamento era reducido, pero lo suficientemente grande como para que una persona viviera cómoda. Habían vinilos colgando de las paredes, había un mural de fotografías que ella había sacado, había un sinfín de libros regados por todo el piso. Pero se respiraba vida. Y era su lugar, el sitio al que pertenecía.

8.21.2011

II

La luz del semáforo se había puesto en rojo justo en el momento en el que el carro que iba delante de él terminaba de cruzar. Se detuvo. La ciudad a esa hora siempre le había parecido más interesante. Sus pies se movían inconscientemente al ritmo de la canción que estaba sonando en la radio. Sus ojos cansados observaban a una mujer pasar acompañada de un puddle, de esos que tanto le molestaban. Se mordía el labio sin darse cuenta. Pensaba en que la ciudad estaba un poco más gris de lo normal. O quizás era él. Ya no podía distinguir entre un día u otro. El domingo se le parecía un poco al miércoles, y el viernes al lunes. El color del cielo ya no le decía nada acerca de la hora, tan solo ésta le era familiar. Solían ir por un café, o acostarse uno sobre el otro leyendo una novela con la que se habían encontrado durante la semana. Su reloj había dejado de funcionar y no tenía intención alguna de arreglarlo. Hacía calor. Una gota golpeó su parabrisas, luego otra, luego empezaron a aparecer miles de punticos negros sobre el asfalto. La bocina de un carro sonó muy fuerte detrás de él. Reanudó su camino.

8.19.2011

I

Cruzó la calle sin mirar a ningún lado. Las bocinas de los carros que sonaban alrededor le parecían distantes, ajenas a él. Sus pies se deslizaban despacio y produciendo un ruido incómodo, sus ojos estaban perdidos, no miraba nada en específico, tenía las manos metidas en los bolsillos del gabán pardo que ella le había regalado alguna vez, “Para las noches de invierno”, le había dicho. Ya no sabía cuánto tiempo había pasado. Sus mejillas estaban rojas y sus labios partidos. Su cabello color avellana estaba despeinado y bailaba con el viento, más no a su compás; siempre había existido un rencor inexplicable del viento hacia su cabello, o al revés. No pensaba en nada y a la vez pensaba en todo. Una avalancha de recuerdos había llegado a su cabeza, tantos que no se podía concentrar en uno específicamente. Imágenes fragmentadas con sonidos imprecisos, el olor a galletas recién horneadas, el color de sus venas cuando el frío era extremo, la sutileza con la que sus pestañas se encontraban con sus mejillas, el tacto de una tortuga al caminar despacito por su espalda.
Una tortuga.