La luz del semáforo se había puesto en rojo justo en el momento en el que el carro que iba delante de él terminaba de cruzar. Se detuvo. La ciudad a esa hora siempre le había parecido más interesante. Sus pies se movían inconscientemente al ritmo de la canción que estaba sonando en la radio. Sus ojos cansados observaban a una mujer pasar acompañada de un puddle, de esos que tanto le molestaban. Se mordía el labio sin darse cuenta. Pensaba en que la ciudad estaba un poco más gris de lo normal. O quizás era él. Ya no podía distinguir entre un día u otro. El domingo se le parecía un poco al miércoles, y el viernes al lunes. El color del cielo ya no le decía nada acerca de la hora, tan solo ésta le era familiar. Solían ir por un café, o acostarse uno sobre el otro leyendo una novela con la que se habían encontrado durante la semana. Su reloj había dejado de funcionar y no tenía intención alguna de arreglarlo. Hacía calor. Una gota golpeó su parabrisas, luego otra, luego empezaron a aparecer miles de punticos negros sobre el asfalto. La bocina de un carro sonó muy fuerte detrás de él. Reanudó su camino.
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