7.04.2011


No creía que pudiese hacerlo. El cielo estaba tan allá y el tan acá, tan plantado en la tierra. Se sentía uno con ésta y se rendía sin siquiera intentarlo. Con su vacío imposible de llenar y su sonrisa nunca completamente sincera. Siempre con ese nudo en la garganta que al parecer jamás se desataría. Se sentía fuera de sí mismo, como algo ajeno a él, parte de otro lugar.
El día en que la conoció, todo estaba más verde. Las inconsistencias mentales que lo agobiaban parecían disminuirse, todo parecía más tranquilo, más equilibrado. Nunca había mirado el cielo en verdad; nunca había tomado el tiempo de observar las nubes con sus formas tan cambiantes y curiosas, a veces tan débiles y apenas perceptibles, a veces tan fuertes que se podía creer que eran parte de ésta realidad. Ese día lo hizo, ese día sonrió sin ataduras.





Bien, hora de volar.

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