Sostenía el arma blanca con su mano izquierda mientras detallaba su reflejo en el espejo, y veía carmesí en sus mejillas, en sus ojos, en sus labios. Bajó la mirada y estiró su brazo. Luego, con el contrario, hizo que el objeto que estaba en su mano tocara su piel, despacio, suave, más presión, más, de arriba hacia abajo. Una línea larga y profunda, más profunda de lo que le hubiese gustado; se volvió a mirar, se retiró del borde, se acostó en su cama, y cayó en un sueño eterno.
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